lunes, 17 de mayo de 2010

Refugio Milenario

Desde tiempos inmemoriales se han utilizado los chozos como vivienda de cabreros y pastores en la escarpada sierra tornavaqueña. Su procedencia es algo incierta, pero se cree que tienen raices celtas - vettonas. Sea como fuere, lo cierto es que se han ido manteniendo a lo largo de los siglos, que no es poco, como único sistema del hogar más confortable ante las inclemencias del clima. Esto tiene más valor aún, pues al ser construcciones tan perecederas había que repararlas todos los años, después de soportar duros nevazos y temporales enormes de lluvia, con el trabajo añadido del cuidado del ganado.















Hace unas décadas aparecieron otro tipo de construcciones: las casetas, de forma rectangular con tejado de tablas y tejas, y poco a poco han ido quitando protagonismo y uso a los tradicionales y bonitos chozos. Éstos ya sólo se usaban como queseras, o bien para el ganado como cochineras o gallineros, a excepción de alguno que ha perdurado como vivienda habitual sin modificaciones.

También los había de gran tamaño y de forma alargada para meter el rebaño, sobre todo en los duros meses invernales. Éstos por desgracia, si que prácticamente han desaparecido, tan sólo quedan unos cuantos y la verdad en claro retroceso. Eran llamados:” A lomo toro” quizá por ser tan alargados y tener cierta semejanza con el lomo del citado animal.



Hoy en pleno 2010, aún se pueden ver bastantes de estas construcciones circulares en la extensa serranía de Tornavacas, unos conservados por los mismos cabreros que continuan ejerciendo esa labor impagable, y otros reformados por la administración para uso de los agentes forestales, y como refugio ante una posible tormenta. Esperemos que sigan transcurriendo los siglos y continuen existiendo los chozos en la sierra de Tornavacas, como recuerdo y herencia de los primeros pobladores que la ocuparon y que nos dejaron un legado tan abundante y rico.

sábado, 8 de mayo de 2010

Destellos de Luz

Sin apenas darnos cuenta la vida vuelve a renacer, la luz, sinónimo de vida empieza a deslumbrarnos. Los bulbos despiertan del letargo y eclosionan en belleza infinita. El agua me alimenta, me divierte y me refresca. Los narcisos colorean la montaña, anuncian la llegada de otro tiempo, enamoran a las aves y enriquecen el paisaje.














Dirigen su mirada hacia el otro lado buscando el sol de la mañana, alegría por doquier, ¡como se mueven las campanas!
El verde emerge desde el suelo, pronto será dominante, mientras tanto disfrutemos de ésta belleza radiante.